El bosque estaba en silencio. Un silencio espeso, contenido, como si la misma tierra contuviera el aliento.
Eira caminaba con pasos firmes por la linde del claro donde entrenaban los más jĂłvenes de la comunidad. A lo lejos, los ecos de risas y zancadas se mezclaban con los susurros del viento. Era una escena que, meses atrás, habrĂa parecido imposible. Ahora era parte de su realidad. Parte de su sanaciĂłn.
Pero esa mañana, algo era diferente. Su pecho cargaba con un peso invisible. Uno que no pr