El amanecer pintaba de dorado las ventanas del apartamento del piso veinte cuando Valeria abrió los ojos. La habitación seguía pareciéndole demasiado grande, demasiado lujosa, como un traje que no terminaba de ajustarse a su cuerpo. Extendió la mano hacia el lado opuesto de la cama, encontrándolo vacío pero aún tibio. Aleksandr madrugaba siempre, incluso después de las noches más largas.
Se incorporó lentamente, acariciando su vientre que ya mostraba una curva evidente. Dieciocho semanas. Casi l