Sia estiró las manos en el vacío, rozando apenas la tela áspera de la camisa del niño. El pánico le oprimió la garganta cuando vio al pequeño Leo avanzar por las losas heladas, con una determinación en su andar que no correspondía a un infante que apenas comenzaba a descubrir el peso de sus propias extremidades. Las costuras rotas de la camisa a nivel los hombros del menor se agitaron con el aire azufrado, dejando ver la piel pálida donde la neblina dorada del Cristal latía con fuerza, respondi