El eco de la palabra que pronunció el niño permaneció en las paredes de piedra del salón del trono. Sia sintió un peso insoportable en el pecho que le impidió respirar. Contempló cómo las manos del infante se aferraban a la armadura de cuero oscuro del recién llegado con una naturalidad espantosa. El desgarro emocional la dejó inmóvil en el último escalón del estrado. Sus ojos azules miraron la escena, desprovistos de cualquier capacidad para comprender la realidad de la escena. Su propio hijo,