El desgarro emocional se reflejó en las facciones de su rostro, pero su mirada denotaba una resolución implacable. Miró al hombre de las cicatrices y luego se giró para observar a su Valerius, el guerrero que la poseyó en la alcoba de la torre oeste, el hombre cuya aspereza ronca se había convertido en su único refugio en medio de la destrucción de la manada.
—No me importan los tres puntos en el hombro —dijo Sia, y su voz rasposa se dirigió al recién llegado con desprecio absoluto—. Las marcas