El resplandor carmesí en los ojos del pequeño Leo congeló los movimientos de Sia. El aire de la habitación se volvió denso, cargado con el olor a hollín y metal que pertenecía al derrocado monarca. El niño continuó suspendido en el aire, a escasos centímetros de las mantas de lana limpia, con sus extremidades laxas y la mirada fija en las vigas del techo. La vibración no procedía de la estructura exterior de la fortaleza, sino del interior del pequeño pecho del cachorro, que parecía funcionar c