La parálisis que atenazaba los músculos de Selene era una afrenta directa a su linaje de loba pura, una humillación que no podía procesar mientras el brazo que sostenía la daga de plata temblaba sin poder descender ni un milímetro. a sIA, El sudor le resbalaba por la nuca, mezclándose con el hollín y la grasa de su disfraz de sirvienta, creando una costra de suciedad que le picaba en la piel. abri´ço los ojos y éstos se clavaron en la punta de la daga, que buscaba el fin de su existencia y la d