El impacto emocional de sus palabras cayó sobre Sia como un peso brutal. La paria sintió que la rabia que usaba como armadura se resquebrajaba por dentro. El hombre que la sostenía contra el muro húmedo del subterráneo no era un líder frío que contaba bajas en un mapa; era un sobreviviente mutilado que luchaba por no perder la última pizca de alma que le quedaba, escondida precisamente en el cuerpo de la mujer a la que había arrastrado al infierno.
—Valerius... —alcanzó a murmurar Sia, y por pr