La risa de Valerius fue un látigo que azotó la espalda de Sia mientras ella cruzaba el umbral del salón. Aquella mueca de satisfacción de él, provocada por el destello de rabia posesiva que vio en los ojos de ella, fue el último insulto de una noche diseñada para aniquilarla. Sia caminó por los pasillos elegantemente decorados e iluminados, con el vestido azul arrastrando jirones de seda y restos de cristal que caían con un tintineo metálico sobre el mármol. El eco de la orden de Valerius «trae