El laberinto de las sombras I
La negrura se tragó a Sia con una fuerza que no esperaba. No sintió dolor físico, sino una ausencia total de peso y de dirección. El ruido del desfiladero, los gritos desesperados de Valerius y el viento de la montaña desaparecieron en un segundo. Se quedó en medio de la nada, pisando un suelo que no existía, rodeada de nubes oscuras que se movían muy despacio. En sus brazos, el peso de Leo se sentía real, pero cuando miró hacia abajo, vio que la manta del niño ya no emitía esa luz plateada. La