El laberinto de las sombras II
El Leo adulto avanzó sin mirar atrás, y de sus manos brotaron hilos de claridad plateada que comenzaron a rasgar la densidad del humo gris. Valerius, apoyado con pesadez en el hombro de Sia, obligó a sus piernas llenas de venas negras a moverse. Cada paso que daba el Alfa sobre aquella superficie invisible era una tortura; sentía que el frío de las sombras le congelaba la médula, pero el contacto con la piel caliente de la muchacha y la visión de su hijo guiándolos en el futuro le daban una fuer