El crujido de cientos de armaduras pesadas golpeando el mármol negro del salón compuso una sinfonía de sumisión que nadie en el norte habría creído posible. Valerius, erguido junto a Sia, percibió el desplazamiento del aire y el descenso de los latidos de la vanguardia. A través del lazo con el pequeño Leo, la imagen de toda la Manada de Hierro postrada a sus pies llegó a su mente con una nitidez que rayaba en lo irreal. Los oficiales rudos, los mismos que habían limpiado las fronteras bajo su