Valerius se quedó inmóvil en medio de la plaza del pueblo, sintiendo que el suelo se abría debajo de sus botas. Las palabras de Sia entraron en su cabeza como si hubiera recibido el golpe de un puño fuerte, apagando por completo el ruido de las cadenas que los prisioneros liberados dejaban caer contra la tierra. Su madre, la mujer que se había mantenido como el único recuerdo limpio en su memoria dentro de un hogar lleno de violencia y mandatos militares, no había perecido por una enfermedad de