El silencio que siguió a la propuesta del Rey de las Sombras se sintió como un peso insoportable sobre la ceniza gris del laberinto. Valerius colgaba de aquella garra oscura, con las costillas desnudas subiendo y bajando en un esfuerzo inútil por conseguir un poco de oxígeno. Las líneas negras continuaban su avance por su cuello, aproximándose a su mandíbula. El calor asfixiante del fuego negro le devoraba la piel, pero sus ojos se mantenían fijos en la figura pequeña de Sia. En su pecho, la to