El acero de Caspian permaneció suspendido bajo el cielo gris de la cordillera. El oficial sintió que el pulso se le congelaba ante la mirada de Sia, un pozo azul donde solo habitaba la promesa de una destrucción absoluta. El pánico que se extendió por la primera línea de soldados no dependió de un despliegue de luces, sino de la cruda realidad que presenciaban: una mujer pequeña, con los pies sucios y el vestido de lino gris empapado en sudor y flujo carmesí, sostenía el destino de la manada si