La tierra dejó de temblar, pero el silencio que quedó sobre el tejado del palacio se sintió casi peor que el estruendo. El abismo se había cerrado por completo, tragándose al hombre de las cicatrices y a la madre de Sia, dejando solo una enorme cicatriz gris de piedra compacta y polvo flotando en el ambiente. El lobo de plata, aquella inmensa figura del tamaño de un caballo, exhaló un último aliento cargado de vapor brillante y comenzó a encogerse. La piel plateada se retiró con rapidez, devolv