Sia no esperó a que los dos hombres reaccionaran ante sus palabras. Caminó directo hacia el centro de la pendiente del tejado, desafiando la inclinación del granito gris y el viento que intentaba enredar la lana de su vestido en sus piernas. El desprecio que sentía hacia la debilidad de ambos Alfas le dio una determinación que nunca antes había tenido. El odio mutuo de los guerreros era lo que ocupaba todo ese momento, pero ella ya no era la paria asustada de las tierras bajas.
Se colocó justo