La mano de Valerius, esa extremidad que minutos antes había estrangulado el volante con intenciones asesinas, quedó anclada sobre la curvatura apenas perceptible del vientre de Sia. El silencio en el despacho era una entidad física que los devoraba a ambos. Los ojos de él, recuperaron el gris de las nubes de tormenta tras el destello dorado de su lobo, buscaron en las pupilas de ella una señal de engaño. Pero no encontró mentira, sino un desafío tan puro que lo obligó a contener el aliento.
Sia