Las palabras del recién llegado quedaron suspendidas en el aire del salón del trono, densas, pesadas, cubriendo el espacio con una hostilidad inmediata. El silencio que se instaló en el espacio fue absoluto, se sintió un vacío ruidoso que oprimió el pecho de los presentes.
La escarcha continuó su avance desde las ruedas del vehículo oscuro, pero nadie se movió para sacudirse el frío. La guardia real, apostada en los soportales y las columnas de piedra, permaneció petrificada. Los hombres que