La mujer de seda negra no respondió a la pregunta. Sus pies descalzos avanzaron sobre los fragmentos de cristal violeta que cubrían la arena del foso. Cada paso que dio dejó una marca de ceniza gris en el suelo, y el calor que emanaba de su cuerpo evaporó la escarcha de las losas de piedra negra en un segundo. Valerius permaneció de rodillas. Su ceguera le impidió registrar los detalles del cambio, pero el olfato y el oído le advirtieron que la persona que estaba frente a él ya no era Sia. El p