El asedio de los recuerdos
El capullo brillaba un poco bajo la luz del día. Valerius se quedó con las manos apoyadas en esa piedra fría que ocultaba a Sia, llorando sin parar sobre el suelo sucio del patio de armas. Para él, ya no existía nada más en el mundo que ese bloque de cristal. El olor a vainilla y lluvia que tanto conocía de ella había desaparecido, fue la cambiado por un aroma metálico que salía de la costra violeta. Los quinientos soldados de la vanguardia solo miraban la escena en silencio, con las armas abajo