El destello rojizo que descendió desde los aposentos del norte no pertenecía a la influencia del Rey de las Sombras, sino al pulso desesperado del pequeño Leo. En la planta alta, los oficiales de la vanguardia que custodiaban el pasillo cayeron al suelo de rodillas, con las manos aferradas a sus pechos como si el aire se hubiera transformado en plomo sólido.
Abajo, en el foso de arena, el efecto fue inmediato y absoluto: el viento de la cordillera que levantaba la escarcha se detuvo en seco, l