48. Quizás… quizás es tu Luna
Durante el día, Lana cumplió con sus tareas.
Llevó papeles a Eryx, limpió su mesa, organizó sus armas.
Cada movimiento lo hacía con gracia.
Sin hablar.
Sin mirarlo.
Y eso lo enloquecía.
—Tienes los hombros tensos —comentó él a media tarde, cuando ella se agachó a limpiar el polvo bajo la chimenea después de que llegara de los entrenamientos donde ella también debió asistir, pero hasta antes de la hora del almuerzo, donde tuvo que llevárselo enfrente de toda la manada.
Ella no respondió.
—¿No