40. ¿Estás dándome órdenes, cachorra?
La luz de la mañana apenas rozaba los ventanales cuando Lana se giró buscando su calor, pero la cama estaba fría, el espacio a su lado estaba vacío.
La frialdad del colchón delataba que había partido hacía tiempo, sin despedirse, sin siquiera mirarla una vez más. Ella abrió los ojos bruscamente como si no pudiera creerlo después de todo lo que pasó la noche anterior entre los dos.
—¿Se fue…? —susurró apenas con la voz quebrada.
El recuerdo de la noche la golpeó en oleadas, el peso de su cuerpo