116. No confío en ti
Lana despertó de golpe con la respiración acelerada, el pecho palpitando, la piel erizada como si hubiese estado corriendo en sueños.
Abrió los ojos aturdida y enseguida se dio cuenta de que aquella habitación no era suya.
Era una cabaña iluminada por lámparas cálidas, con olor a madera, bosque y un aroma masculino tan intenso que pronto hizo que Lana se incorporara con brusquedad recordando lo que había pasado antes de perder el conocimiento.
—¿Don...? —su voz se quebró.
Sintiendo aquella mira