El vestido negro se deslizaba sobre mi piel como agua oscura. Frente al espejo, apenas reconocía a la mujer que me devolvía la mirada: cabello recogido en un moño bajo que dejaba mi cuello expuesto —un gesto de confianza entre vampiros—, labios pintados de carmesí y un escote que descendía peligrosamente entre mis pechos.
—Perfecto —la voz de Lucien resonó desde el umbral de mi habitación.
Me giré para encontrarlo apoyado contra el marco de la puerta. Su traje negro, impecablemente cortado, con