La sangre se extendía como un manto carmesí sobre el suelo de mármol. Adriana observaba, paralizada, cómo los dedos de Julián se crispaban en un último espasmo vital. Sus ojos, aún abiertos, la miraban sin ver, acusadores en su vacuidad.
"No fue mi intención," susurró ella, pero las palabras quedaron atrapadas en su garganta.
El rostro de Julián comenzó a transformarse. Sus facciones se volvieron angulosas, su piel pálida como la porcelana, y de pronto ya no era él quien yacía en el suelo, sino