El espejo no mentía. Adriana se inclinó hacia adelante, examinando su reflejo con minuciosidad casi científica. Sus ojos parecían más brillantes, su piel más luminosa. Pequeños cambios que nadie más notaría, pero que ella sentía como transformaciones sísmicas bajo su piel.
Pasó los dedos por su cuello, donde Lucien había bebido de ella. La marca había desaparecido días atrás, pero podía sentirla todavía, como un tatuaje invisible que palpitaba cuando pensaba en él. Y últimamente, pensaba en él