—Sole, necesito que estés con Aye; no la pierda de vista, métela en la oficina y que no salga de ahí —le pido a medio grito, mientras paso corriendo ante las miradas desconcertadas de ellos.
— ¿Qué pasó? ¿Adónde vas? —grita.
—La casa.
— ¿Qué pasó, Lina? —pregunta, corriendo hacia mí.
—Solo haz lo que te dije; que no salga de la oficina hasta que vuelva —salgo del resto a toda velocidad.
Dios mío, Dios mío, que no sepa dónde vivo. El idiota va a atormentarme un tiempo, antes de dejarse ver. Te c