Kaleb había rodeado la manzana con aparente tranquilidad, aunque cada paso estaba medido. No miró la casa directamente; contó ventanas, distancias, posibles rutas de escape. Esperó veinte minutos exactos antes de avanzar hacia la parte trasera, el tiempo suficiente para que quien estuviera dentro creyera que la amenaza había desaparecido.
La verja de madera cedió sin oponer resistencia. La cruzó con agilidad y se desplazó hasta los arbustos pegados a la colindancia derecha, donde permaneció inm