Neil Taylor había aprendido desde la escuela de leyes que la diferencia entre un buen abogado y uno extraordinario no estaba en conocer la ley mejor que nadie sino en saber cuándo la ley era insuficiente y qué hacer entonces. La ley era un instrumento, y los instrumentos servían a quienes los usaban con inteligencia, con timing, con la disposición de moverse antes de que el otro lado tuviera tiempo de preparar la respuesta.
Eso era lo que se repetía esa mañana mientras conducía por la avenida C