Eirikr no había dormido.
No era algo que él anunciara ni que nadie necesitara preguntarle, porque los hombres que llevan una guerra encima tienen un tipo particular de quietud falsa después de que termina, una que no es descanso sino el estado en que el cuerpo sigue funcionando a la velocidad del combate, aunque el combate haya acabado, como un motor que no sabe apagarse porque nadie le enseñó a hacerlo.
Estaba sentado en el despacho del edificio, el mismo donde se había reunido con la familia