El sonido metálico del cierre de la puerta retumbó en la estancia, seguido del suave chasquido de los tacones de Everly sobre el piso. Leone Visconti permanecía de pie, impecable, el porte firme como una estatua tallada en mármol. Su rostro, impenetrable, no dejaba claro si venía a traer ayuda o una desgracia.
Un italiano que compite fácilmente con la belleza del mafioso.
—Duque debió avisarme que venías —advierte Eirikr dejando en claro la molesta presencia del italiano sin avisar—. O al menos deberías tocar antes de entrar a una casa que no es tuya.
Leone lo observa y resopla por la nariz para luego abrazar a su primo. —Tambien me da gusto verte, primo —dice en tono socarrone pero sincero, luego suelta a Eirikr y abraza a Everly como si la conociera de toda la vida—. È un piacere conoscerti, caro cugino.
—il piacere è mio —responde Everly con un perfecto tono italiano.
—Wow… ¿le has enseñado? —pregunta a Eirikr. El cual solo niega y camina a la cocina seguido de ellos detrás.
—¿A