El sonido metálico del cierre de la puerta retumbó en la estancia, seguido del suave chasquido de los tacones de Everly sobre el piso. Leone Visconti permanecía de pie, impecable, el porte firme como una estatua tallada en mármol. Su rostro, impenetrable, no dejaba claro si venía a traer ayuda o una desgracia.
Un italiano que compite fácilmente con la belleza del mafioso.
—Duque debió avisarme que venías —advierte Eirikr dejando en claro la molesta presencia del italiano sin avisar—. O al menos