Un mes después
—¿La has encontrado? —cuestiona Elio del otro lado de la línea telefónica.
—Sí, hoy es el día. Solo te hablo para informarte al respecto. No esperes estar recibiendo actualizaciones mías —dice El Dragón en tono cortante.
—Lo sé. Solo espero que un día puedas llegar a perdonarme.
—¿Por qué concretamente? ¿Por abandonar a nuestra madre o por no tener el valor para hablar las cosas de frente?
—Kaleb… hijo…
—¡No digas mi puto nombre, Elio! —amenaza El Dragón a su padre—. No tienes derecho a llamarme por mi nombre, ni mucho menos a decirme hijo.
La respiración entrecortada de Kaleb se escucha a través de la bocina del auricular.
—Solo cuida a mi hija y a mi nieta… no pediré más.
—No tienes que pedirlo, es mi hermana. Lo haré incluso si ninguno de ustedes lo pidiera. Solo mantén tu parte del trato: nadie debe saber de mi paradero. Estaré ahí en una semana, según el plan de Patrick. Ahora, más que nunca, quiero ver caer a los Gold Toad.
—De acuerdo, hasta entonces.
El Dragón n