La Editorial Áurea ocupaba un edificio de seis plantas en una calle arbolada de West Hollywood, lo suficientemente elegante como para parecer prestigioso y lo bastante discreto como para no gritar desesperación financiera desde la fachada. Eirikr llegó poco después de las nueve, vestido con un traje negro perfectamente cortado, sin corbata, con el cabello peinado hacia atrás y la expresión de un hombre que no había venido a admirar arquitectura.
Cuando cruzó las puertas de cristal del lobby pri