La pantalla del teléfono vibró sobre la encimera de la cocina justo cuando Everly terminaba de servir un poco más de leche caliente en la taza que había dejado a medias desde hacía casi una hora. El vapor se elevaba en espirales finas, deshaciéndose contra la luz tenue de la lámpara del desayunador, y el pequeño sonido de la videollamada entrante le atravesó el pecho con una punzada extraña, como si el cuerpo supiera antes que la mente cuándo algo estaba a punto de romperse.
Miró la pantalla.
V