El despacho de Eirikr en el edificio del Republic Plaza tenía algo que la bodega personal no tenía y que el punto de contención definitivamente tampoco: la apariencia de un lugar donde las decisiones se toman con calma, con café sobre la mesa y el horizonte de Denver al fondo, sin el olor a aceite y metal que impregnaba los espacios de operación.
Era un despacho sobrio y minimalista, de esos que dicen más por lo que no tienen que por lo que muestran: paredes claras, estantes con libros y carpet