Los primeros días con Luna fueron una sucesión de horas que se repetían como olas pequeñas: lactancia, pañales, preguntas que nacían en la madrugada, y un cansancio que calaba los huesos. Para Isabel, cada manecita diminuta que se aferraba a su dedo era una prueba de que aquello —la niña— existía, y también una cuerda que la ataba a una realidad nueva y tremenda. Aprendía. Miraba tutoriales, acariciaba la cabecita de la bebé y la inundaba de miedos y ternura a partes iguales.
Hugo aparecía cada