Hugo había pasado la noche entre llamadas, pequeños acuerdos y nombres escritos con la caligrafía temblorosa que dejan las prisas. Sentado frente a la ventana de su apartamento —la ciudad todavía adormecida—, abrió la libreta donde había ido anotando las coordenadas: horas, direcciones alternativas, caras que podían confiar y rostros que debían evitarse. La mano le tembló un poco al trazar la última línea.
Marcos era una pieza fundamental en su tablero. No necesitaba hombres de acción que entra