La mirada de Alejandro ya no era sólo curiosa; se le había tornado escrutadora. Cuando Beatriz empezó a cubrir los vacíos con generalidades, él no se dejó llevar por un gesto brusco ni por la ira: apretó los labios, dejó que el silencio hiciera su trabajo y afinó las preguntas. Conocía lo suficiente del oficio como para distinguir con precisión a una impostora.
—Señorita Rojas —dijo Alejandro con la voz rasposa que siempre reservaba para las verdades incómodas—. Por favor, voy a darte una últim