Empezó a romper cosas. A tomar lo primero que encontraba y arrojarlo contra el suelo. Un florero estalló en mil pedazos. Un marco se partió al chocar contra la pared. Sus manos temblaban mientras arrancaba botones, mientras desgarraba telas sin mirar siquiera qué estaba destruyendo.
Hasta que lo vio.
El vestido de novia.
Había pedido que lo enviaran a la finca. No a Madrid, donde se suponía que sería la boda, elegante y perfecta, como ella siempre la había imaginado. No. Lo había querido allí, c