El coche se deslizó por la avenida con la cadencia monótona de siempre: el motor ronroneaba, el limpiaparabrisas marcaba un compás perezoso debido a la lluvia que comenzaba a caer. Isabel miró por la ventanilla sin realmente ver el paisaje. Tenía la manos entrelazadas sobre el bolso, los dedos apretando la correa como si quisiera sujetarse a algo estable. La tristeza le había calado en el cuerpo desde la noche anterior.
El viaje hasta la clínica le pareció eterno. El asiento de cuero olía a col