Isabel caminaba despacio, ajustando a Luna en su portabebé, mientras Scott la seguía con la mirada. Algo en ella lo desconcertaba agradablemente: estaba tranquila. Sus hombros, que antes parecían cargados de tensión, se veían relajados, y su respiración era serena, como si la tormenta de emociones que la había sacudido la noche anterior hubiera encontrado un cauce.
La brisa del océano acariciaba suavemente la terraza del lugar al que Scott había llevado a Isabel y a Luna. La casa, amplia y lumi