La puerta se abrió muy temprano, sin un golpe previo, y Braulio entró con esa suavidad estudiada que no hacía ruido pero igual imponía presencia. Ladeó apenas la cabeza, dos pasos dentro, y sostuvo el picaporte como si la cortesía estuviera en su mano.
—Señora Isabel —dijo en voz baja, pulida—. Le ruego que se levante. Tiene cita con el doctor a las ocho. El coche ya la espera.
Isabel ya había despertado, pero no había querido moverse. Se había quedado mirando el techo con la respiración conten