La puerta se abrió muy temprano, sin un golpe previo, y Braulio entró con esa suavidad estudiada que no hacía ruido pero igual imponía presencia. Ladeó apenas la cabeza, dos pasos dentro, y sostuvo el picaporte como si la cortesía estuviera en su mano.
—Señora Isabel —dijo en voz baja, pulida—. Le ruego que se levante. Tiene cita con el doctor a las ocho. El coche ya la espera.
Isabel ya había despertado, pero no había querido moverse. Se había quedado mirando el techo con la respiración contenida, tratando de alargar un minuto más ese paréntesis que no pertenecía a nadie. Al oírlo, apartó la sábana con un gesto resignado. La madera fría le mordió las plantas de los pies cuando buscó las pantuflas. No contestó; no hacía falta. En esa casa, las respuestas se habían vuelto innecesarias.
Braulio dejó sobre la cómoda una bandeja de desayuno: un vaso de agua, té tibio, tres galletas saladas, una manzana perfecta. Su mano, enguantada en esa pulcritud casi clínica, acomodó el vaso un centíme