Scott subió las escaleras con un ritmo pausado, casi metódico, como si tratara de aplastar cada uno de los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza. Sabía que no debía dejarse arrastrar por las emociones. Había aprendido, a lo largo de los años, que el control sobre uno mismo era la única forma de sobrevivir en un mundo donde, muchas veces, las reglas las dictaban los poderosos, aquellos que ni siquiera sabían que existían otras personas por debajo de ellos. Pero esta vez era diferente. L