Tragó grueso, intentando que el dolor no la invadiera, pero la presión en su pecho no la dejaba respirar con normalidad. No iba a llorar. Las lágrimas ya no tenían cabida. El vacío que sentía por dentro era mucho más grande que cualquier dolor físico, pero ella iba a mantener la compostura. No podía permitirse quebrarse.
Alejandro, ese hombre que había sido su todo. El que, por una breve fracción de tiempo, le había hecho creer que ella era la mujer de su vida. La elegida. Esa mentira fue lo qu