Alejandro había cerrado la tapa del portátil con la fuerza de quien guarda un arma: el folio de Hugo crujía todavía en su cabeza. Allí había visto la infancia de aquel muchacho, las fotos con Isabel, e imaginó las noches en que ella se apoyó en su hombro, la certeza de que, si alguien podía entenderla y protegerla, ese alguien quizá no tendría apellido de fortuna, pero tendría historia con ella. Esa idea le había caído encima como una piedra: Ella pudo haberse ido con Hugo.
Marcó sin vacilar. C