Las lágrimas le caían a Valentina sin control, empapándole las mejillas. Sentía que el alma se le desgarraba por dentro. No supo en qué momento se levantó de la cama; ni siquiera el dolor agudo en el vientre, la herida todavía reciente, consiguió detenerla. Había algo más fuerte empujándola, una necesidad desesperada de sacar el dolor de su cuerpo, de lanzarlo fuera antes de que la consumiera por completo.
Empezó a romper cosas. A tomar lo primero que encontraba y arrojarlo contra el suelo. Un