Leonard.
Vi los papeles sobre mi escritorio. No estaban allí por casualidad. Eran gruesos, con firmas y sellos, como si cada uno pesara una tonelada. Mi madre los había dejado y ahí estaba ella, parada frente a mí, sonriendo de lado con esa maldita expresión de satisfacción que siempre usa cuando sabe que tiene algo entre manos. Algo que me involucra. Algo que no voy a querer aceptar.
—¿Qué es esto? —le pregunté sin siquiera alzar la vista del papel.
—Tienes que casarte —dijo con frialdad.
—¿Ca