La semana que siguió al encuentro en el despacho de Marcello fue una agonía. La tensión entre nosotros era tan densa que apenas podíamos compartir el mismo espacio. Él intentaba mantener la fachada de jefe estricto, pero sus miradas furtivas, cargadas de una mezcla de posesión y vergüenza, lo delataban. Yo, por mi parte, operaba en modo automático: madre falsa eficiente durante el día, fantasma silencioso por la noche.
La culpa era un peso constante. No era justo para Nick, que al menos era hon